
Siempre existe alguna sensación que, misteriosamente, evoca nuestra infancia. En mi caso particular son los días de lluvia.
Recuerdo nítidamente el cielo gris, formando una cúpula de tristeza melancólica en el cielo. Pequeñas gotitas de agua templada mojaban el camino hacia el colegio y esas colosales peleas de paraguas, convertidos en espadas casuales, llenaban los momentos de ocio entre clase y clase.
Pero sobre todas las cosas, lo que más me gustaba de los días lluviosos eran mis botas de agua. De color azul marino, con un borde rojo en sus extremos, por donde circundaba un cordel, que una vez atado, procuraba un aislamiento total desde la rodilla hasta los pies.
Una pueril felicidad embriagaba mi alma, me sentía poderoso con mis botas puestas, como un super-heroe a veces, otras como un guerrero vengador, pero siempre un sentimiento de superioridad, de fuerza y de ganas de vencer el mal.
Y esa bata de colegial, blanca a rayas azules o viceversa, puesta a modo de capa, me convertía en un ser volador que saltaba salvajemente en todos los charcos que se cruzaban en mi camino, nunca se escapaba ninguno.
Con mis botas de agua era invencible, hasta que un día algo se cruzó en mi camino.
Estaba yo jugando en un jardín cercano a mi casa con mis estupendas botas de agua, todos mis enemigos estaban ya vencidos, la victoria estaba en mis manos, cuando de repente me derribaron. Di con todo mi cuerpo contra el mojado suelo, la humillación me invadió como si un fluorescente relámpago me atravesara el corazón.
Miré nerviosamente a mi alrededor, intentando ponerme a cubierto pero no logré ver a nadie. Me levanté en un salto, limpiando el barro que manchaba mis ropas y entonces vi a mi enemigo, riéndose de mí desde el suelo.
Era una botella de cristal, sucia y vacía, mis ojos hinchados por la ira la observaron con ánimo de venganza, levantando mi pierna derecha la amenacé con pisarla y reventarla pero ella se mantenía impasible, mirándome con su mirada vidriosa… provocándome.
No pude aguantar más, salté sobre ella con la intención de destruirla para siempre, pero algo falló, volví a dar con mis huesos contra el suelo, el dolor físico se mezcló con el daño moral, algo estaba mal, era una situación totalmente nueva. Me senté en el húmedo suelo, a unos dos metros de mi nuevo enemigo, con las piernas cruzadas empecé a darle vueltas al nuevo paradigma, era algo que me superaba y decidí observar y meditar sobre ello.
De pronto me vino a la mente el emperador Constantino “Si no puedes contra ellos úneteles”.
Si, quizás esta era la mejor solución. Decidí, pues, acercarme a ella, lentamente, con cautela, acerqué mi mano, en un intento de acariciarla. Se dejó, creo que hasta le gustaba. La así con fuerza entre mis manos y le regalé una sonrisa. Ella me respondió con un beso cristalino y su cuerpo quedó enlazado en las palmas de mis manos para siempre.
Algo se iluminó en mi interior en ese mismo instante, mis botas me susurraban con dulzura. –“Se acabó el tiempo de luchar, empieza el tiempo de andar”- Instintivamente enfoqué mi rumbo hacia Oriente.
Mis pies se lanzaron al camino, un escalofrío eléctrico me recorrió desde la testa hasta el extremo inferior de mi hueso sacro. Un nuevo mundo se ofrecía palpitante y misterioso.
Me invadió el miedo, un terror ancestral a descubrir lo nuevo, mi primer instinto
fué regresar a casa, quitarme las botas y arrojar la maldita botella bien lejos, fuera de mi vista, pero ya no era posible. Mis botas ya habían elegido y mi botella tenia hambre. Me hablaban, parecía que se hubieran confabulado en contra mía.
Pensé que me estaba volviendo loco, pero paso a paso, metro a metro, empecé a comprender, y aprendí que el universo es mental, todo es mente, y con esa idea alimenté a mi botella. Ella abrió su boca con avidez y me dio las gracias.
Mis botas seguían el camino, atravesamos las montañas del norte, altas como titanes, y vimos los minúsculos insectos y avecillas y otros ínfimos seres que les daban vida y las montañas eran felices con ellos, y ellos con sus montañas, y mi botella abrió de nuevo sus labios y quería alimento, y yo se lo di, y le dije que lo grande necesita lo pequeño y lo pequeño lo grande, y lo que es arriba es abajo y lo de abajo es arriba, y mi botella de cristal vacía se iba llenando y a mis botas le salieron alas.
Atravesamos grandes ríos, y no se podían vadear, pero andamos sobre las aguas y las amamos y vimos que todo vibra, que todo está vivo, y que el amor es la fuerza de la vida y que el amor es la vibración fundamental. Y mi botella volvió a comer.
Y descubrimos ciudades nuevas, edificadas sobre antiguas ruinas de ciudades viejas, y escuchamos los pensamientos de las gentes de ahora, que las habitan, y también de las gentes de antes, que también las habitan, y nos hablaron y nos explicaron que todo fluye y refluye, todo tiene sus periodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; el ritmo es la compensación. Y mi botella rebasó la mitad de su capacidad.
Llegamos a los anchos mares y vimos su inmensidad, y la tierra entraba dentro de ellos, y llovió y el agua entraba dentro de la tierra y el sol se ocultó y Selene reinó en su lugar y todo era doble, y vimos que todo tiene dos polos, todo su par de opuestos, y el hombre y la mujer se amaban, y se odiaban, y aprendimos que los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado, y que los extremos se tocan y se cierra el circulo. Y mi botella sació su hambre.
Mis botas eran fuertes y devoraban camino, los campos llegaban hasta el horizonte, los campesinos trabajaban en ellos y vimos que recogían, y alimentaban a sus familias con ello, y se amaban. También vimos otros que eran necios y robaban y no querían amar la tierra ni el poder de su trabajo y se hacían cada vez más necios y la tierra se los tragaba. Y vimos que toda causa tiene su efecto; todo efecto su causa. Todo sucede de acuerdo a “la ley”; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa a “la ley”. Y ya mi botella se volvió a saciar.
Y tuve hijos e hijas en el camino, y les regalé a cada uno sus botas de agua y una botella de cristal vacía. Y ellos siguieron su propio camino. Y vi que la generación existe por si sola, y lo inunda todo y es una ley inmutable.
Al fin una inmensa playa, de arena blanca, apareció, sombreada por el amanecer, ante nuestros ojos. Y nos tendimos sobre ella.
Me saqué mis botas y las mostré al sol, ya estaban viejas y rotas por varios sitios. Quise seguir llenando mi botella, pero ya por el borde, emanaba su capacidad.
Y los tres nos echamos a dormir.
Jordi Güell
5 de Junio de 2010
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